Recientemente han fallecido dos personas que la vida te pone enfrente para que entiendas lo que es la diversidad. Bueno, la vida nos pone a miles de personas distintas cada día frente a los ojos, pero hay que saber mirar. Y a nuestra avanzada sociedad aún le cuesta reconocer que hay quienes nacen para recordarnos que nuestro paso acelerado, con ellos, debe de tener un tiempo más tranquilo para que puedan ser; la luz que son, para entender qué es eso de tratar a todos con humanidad. Se llamaban, se llaman y se llamarán eternamente, Juan Barace y Daniel Arza.
De su semblante mundano, brevemente, diré que eran vecinos de la Chantrea y su casa estaba al final de Marcelo Celayeta, donde el maravilloso jardín del mundo. Que se construyó un día, tirados los muros del emblemático psiquiátrico San Francisco Javier, en ese bucólico lugar. Para deleite de sus vecinos, del barrio, la ciudad entera y quienes fuimos con nuestra magia particular, a crecer allí, trabajando. Siempre ejemplares.
Que no es fácil, porque, donde el monte Ezkaba dibuja una frontera con el cielo azul, y el hospital aquel vive bajo ella, también nosotros las dibujamos con nuestros prejuicios. Y para muestra un botón. Juan vivió con la etiqueta de «terminal» por años, acudiendo varios días por semana, en esos años, a diálisis. Y a nuestro acartonado sistema sanitario tuvo que llegar alguien, seis puntos por encima del resto, para preguntar: ¿a este señor por qué no se le ha trasplantado? Si cumple con los requisitos. Y ojo, cuidado, no quiero sacar los colores a nadie. Quiero que pensemos que a Juan no se le trasplantaba porque a la pregunta 99, por decir, del CI —cociente intelectual— no supo qué contestar y la dejó en blanco. Como las razones no escritas que hacían que no fuera candidato a trasplantar. Que todos nos creemos muy avanzados, pero todos tenemos prejuicios, y con ellos vamos. Luego Juan, una vez trasplantado, vivió muchos años más. Y aún hay quien se sorprende de lo que vivió porque sin saber esta historia, seguimos pensando en Juan como terminal. Pobre, él que siempre aguantó a la Nieves. Otra ilustre con coraje para vivir que nos dejó antes.
Y de Daniel, un hombre singular que defendió su singularidad a capa y espada, como cada uno de nosotros, ¿qué decir, en esta semblanza? Que somos seres únicos y merecemos respeto y consideración. Y esto es así para ellos, los que consideramos diferentes, y para nosotros (que con la ironía más fina, también somos diferentes). Porque si hablamos de buenas prácticas, Daniel quiere que le abras la puerta y le dejes en paz, porque ahí afuera, bajo la lluvia o el sol, en la calle soy feliz. Y eso también merece tenerse en cuenta, para amablemente, dejar que se vaya y goce. Con una vida que ya es muy dura de vivir, sin que nadie te recuerde a cada momento que te tiene que cuidar. Porque no hay cosa más cómica que querer cuidar a alguien que no lo necesita, no lo quiere, y con su mirada sagaz, te lo dice. Pero tú, esclavo de tus prejuicios, no lo ves. Y te cuesta abrir la puerta.
Pues sí, se nos han ido dos seres de luz, como tantos otros antes. Y a algunos los volveremos a ver por el cielo. Otros, los de la crueldad, no los verán, o sí, quizás en su mismo infierno. Porque ninguno somos santos. Y algún día aprenderemos que la ternura es esa llave que conquista las almas en vez de crucificar.
Se nos han ido, muy de puntillas, como vivieron.
Descansen en paz.
©ManuelAcostaMás
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Precioso